miércoles, 4 de julio de 2018

UNA SEÑORA QUE ENCARGÓ UN RETRATO





La historia original me la envió uno de mis asiduos comunicantes y amigos (en esta ocasión creo que fue Juan Aranda).  Durante un mes, he estado diciendo “Hay materia de chisneto”, aunque, pensándolo, más detenidamente, he visto que se me presentaba un difícil reto a la hora de aplicar  un buen final ‘rimado’... Sea como fuere, aquí está el resultado (aceptable, espero) que hago público hoy, después de un mes de vagancia ‘escribidora'.

 Una mujer, según cuenta la historia,
viendo que se moría, decidió
hacerse un buen retrato, y acudió
a un pintor, cuya fama era notoria.

«¿Y podría incluir sobre mi frente
una bella diadema de platino?»,
preguntó. Y el pintor así convino:
«Por mi parte, no veo inconveniente».

Poco después, un nuevo caprichito:
«Y, dígame, maestro, ¿no podría
pintarme con collar y gargantilla?».

Y el hombre satisfizo el encarguito
y pintó lo que ella le pedía
(que, por cierto, quedó de maravilla).

                     [II]

   El retrato en cuestión era sedente,
así que la mujer protagonista
pidió más 'guarnición' a aquel artista:
«Cuatro anillos de oro refulgente

para dar más empaque y armonía
a mis dedos de manos dibujadas.
Y, para mis muñecas delicadas,
esclavas de platino y pedrería».

Y, cuando el cuadro estuvo terminado,
el pintor preguntó: «¿No ve sobrante
la cantidad de joyas que he pintado?».

«No señor. Cuando yo la haya palmado,
mi marido, que tiene ya una amante,
se casa, y me imagino, al gilipollas,

y a ella, con el rostro demudado,
buscando dónde puse tantas joyas».