domingo, 26 de marzo de 2017

EL BORRACHO QUE QUISO COMULGAR


  
Mamado, como uva de lagar,
un feligrés sentado, que oye misa,
se levanta de pronto a toda prisa,
y se va hacia la cola, a comulgar.

Cuando el borracho llega hasta el altar,
ante una situación tan improvisa,
el cura, con histriónica sonrisa,
le invita a dar la vuelta y renunciar.

Y el nota le obedece, pero poco,
porque se da la vuelta y se hace el soca [ * ]
“Además de bebido, este está loco”,

piensa el cura que ve que se coloca
otra vez en el fondo de la cola,
y se forma una enorme batahola.

                          [II]
El cura se lo toma a su manera
y dice terminante al monaguillo:
«Vete a la sacristía, Manolillo,
y trae de mi mesa una polvera

que se dejó olvidada una ramera
que vino a confesarse un pecadillo.
Date prisa porque ese mamoncillo
se acerca hacia la parte delantera».

Cumplió con el recado el asistente.
Sacó el cura la borla de la caja,
y la metió en la boca del mamado.

El borracho la cata tenazmente.
Después, entrecortado y voz tartaja,
pregunta al sacerdote. «¿Qué me ha dado?».

«Pues el Cuerpo de Cristo; es evidente».
Y entonces masculló el dipsomaniaco:
«Pos, padre, ma tocao to er  sobaco».

[ * ] Frase del día: Hacerse el soca (Hacerse el loco)



viernes, 10 de marzo de 2017

RESTAURANTE LAS REJAS EN BOLONIA


         Hace unos años, la Asociación universitaria Amaduma me incluyó en su ciclo de conferencias, que, a lo largo de cada curso académico, y con tan buen acierto, ofrece a sus socios y simpatizantes.
         No era la primera vez que aceptaba una invitación de ese tipo, y, con el mismo cariño e interés que en las anteriores, preparé algo ameno para contar a un público compuesto por exalumnos, familiares y amigos.
          El contenido de la conferencia (“De la ocurrencia, al chiste literario”) pretendía justificar las dificultades que entrañaba (y entraña) la puesta en escena “literaria” de una ocurrencia, cuando se quiere presentar bajo el ropaje de un chisneto.
         Hasta ahí todo normal; pero, en la fecha señalada para ese mes de noviembre, yo no me encontraba muy bien. Con esas “herramientas”, la que podía haber sido una simpática velada, quedó reducida a la exposición de una serie de apuntes, memorizados al azar, y encorsetados por unas ganas locas de salir de una situación que, por momentos se me hacia inacabable.
         Ahora, ofrezco y dedico a aquel público este chisneto que, como conté en mi intervención, parte de unos hechos originales, acaecidos en el establecimiento que da título a la historia.

Fuimos a Baelo Claudia de visita,
la antigua y ancestral villa romana,
a orillas de la playa gaditana
de Bolonia, que estaba movidita.

Decidimos comer, posteriormente,
en un buen restaurante, conocido
por sus típicos platos, y regido
por un profesional, muy buena gente.

Habría que decir que el personal
era concomitante con el dueño:
simpático, agradable, servicial...

En un día de arena y temporal,
el sitio se quedaba algo pequeño
por cuanto no faltaba comensal.

                          [II]
Repasada la carta que nos dieron,
preguntamos por tapas y raciones:
contenido, recetas y porciones,
y algunas dudas más que nos surgieron.

«¿En las medias raciones ponen mucho?»,
pregunté, por saber cómo pedir,
al muchacho que le toco servir,
un camarero joven, pero ducho.

Nos respondió que mucho no ponían,
porque de lo contrario perderían,
y no estaba la cosa para esto.

Ante tanta franqueza y claridad,
confiamos en él, y por supuesto,
le pedimos una especialidad:

                          [III]
El atún en manteca ¡plato fino!
Yo lo prescribiría en cualquier dieta.
El muchacho nos dijo una receta
que incluía manteca, algo de vino,

sal al gusto, romero y estragón,
y añadió que lo hacía un musulmán
que tenían de chef, aunque el Corán
prohíba, la “bebida” y el jamón.

«El cocinero –dijo– no lo prueba;
pero tiene cogido ya el tranquillo
y, en verdad, que le sale de primera».

Tras aprender una receta nueva,
decidimos probar “el atuncillo”,
y, así, poder contarlo donde fuera.

                          [IV]
No habría que decir que consumimos
el tan famoso y delicado plato,
y pasamos un delicioso rato
comentando lo a gusto que estuvimos.

En el momento de la dolorosa,
el mismo camarero tan amable
nos dejó, en una nota indescifrable,
el precio de comida tan sabrosa.

Chocado por la insólita escritura,
en un pronto, no falto de evidencia,
le pregunté al chaval, si por ventura,

era el moro el que hacía la factura,
a lo cual respondió con la ocurrencia:
«No señor, él no lleva la intendencia».

                          [V]
«Entonces, si no es él ¿quien las escribe?
Si parecen fideos con rosquillas.
Sin duda, que estas letras son “morillas»,
aventuré, cual hábil detective.

Y contestó el muchacho, con soltura:
«El trabajo en la zona está tan mal,
que el médico del pueblo vecinal,
nos echa una manilla, y él factura.

No es usted, ni será nunca el primero
en decir que entenderla es complicado.
Ni siquiera un experto la adivina.

De hecho algún cliente chacotero,
en vez del dinerillo acostumbrado,
deja un cuaderno Rubio de propina».






viernes, 24 de febrero de 2017

EL FAMOSO MANDINGA


(A mi cuñado, Félix García Rueda, que contó el chiste)

  Esta mañana he remitido este chisneto a algunos mis incondicionales. Luego, mi hijo Enrique me ha hecho ver que el orden en la recepción de los cuatro sonetos era incorrecto (¡menos mal que estaban numerados!).

    Así que, antes de que cunda el pánico, he decidido publicarlo en el blog (esta vez, sin el molesto desorden), con la dedicatoria que se indica bajo el título, y también, con mi cariño de padre, a Ricardo, mi hijo mayor, que sufre las secuelas de un fastidioso accidente.

Una pareja de recién casados,
de viaje de novios fue al Caribe,
según era la moda , y se prescribe
para aquellos que están enamorados.

No se perdieron barrio, ni rincón,
bohío, conventillo, restaurante...
Comieron barracuda, bogavante,
y bebieron mojito, a mogollón.

Pasando por un barrio un tanto ignoto,
leyeron un letrero que decía:
“Pasen y admirarán al Gran Mandinga”.

Debajo del letrero, en una foto,
aparecía el sujeto, y se añadía:
“El que casca las nueces con la minga”.

                 [II]

A fin de comprobar si el tal sujeto
hacía lo que el rótulo anunciaba
entraron. ¡Y en verdad que las cascaba
empleando la minga como objeto!

Fue lo más sorprendente del viaje.
Contaron la aventura a sus amigos,
dando fe, como auténticos testigos,
de que no se trataba de un trucaje.

Pasó el tiempo, y muchas, muchas veces,
hablaron de los plácidos momentos,
que en el bello Caribe disfrutaron

(el de Mandinga, cascador de nueces,
lo divulgaron a los cuatro vientos).
Y las bodas de plata les llegaron.

                 [III]

Y para celebrarlo decidieron
repetir el viaje que ya hicieran
veinticinco años antes, y que eran
los más enamorados que vivieron.

Volvieron a sentirse como antaño;
disfrutaron de todo como antes:
buen hotel, los mejores restaurantes...,
por ello no resulta nada extraño

que volvieran a ver, si el tal Mandinga
seguía interpretando su “papel”.
Y quedaron bastante sorprendidos:

“El que rompe los cocos con la minga”.
Se podía leer en el cartel.
Los esposos entraron confundidos.

                 [IV]

Arriba, y en mitad del escenario
del viejo y conocido localillo,
se encontraba un Mandinga, mayorcillo,
con aspecto, más bien, octogenario.

Y a diferencia de las otras veces,
utilizando siempre el mismo “objeto”,
de forma natural, y sin aprieto,
¡cascaba cocos en lugar de nueces!

Una vez terminada la función,
la pareja acudió al profesional
y el marido mostró su admiración:

«Antes rompía una nuez; ¡ahora es un coco!».
Y Mandiga, repuso muy formal:
«Antes veía más; ahora veo poco».





domingo, 19 de febrero de 2017

HISTORIA DEL RETRETE (I)


            Esta primera entrega dedicada a la Historia del retrete, en la que me remonto a la Antigua Roma, tiene más de verdad que de invención, por lo que, solo puedo atribuirme el mérito de haberla dado a conocer en verso.

            Antes de hacerla pública, la he presentado a la consideración de un personal entendido, cuya imparcialidad crítica ha sido indiscutible. Animado por sus muestras de ánimo, he decidido ofrecerla, no sin antes repetir que los personajes y situaciones de los que hablo son reales.


   (Antigua Roma)

HOY tenemos un prurito
con la cuestión de ir al baño
que no se tenía antaño.
Hoy el retrete es un rito.                                 4

Lo usamos sin adyacencia,
sin público, en reservado,
y lo hacemos en privado,
sin ninguna otra presencia.                            8

Disponemos de silencio,
querencia, tranquilidad,
y tanta salubridad
como defendió Terencio,                              12

escritor que sugirió
que, de marisma o pantano
no bebiera el ciudadano,
pues bichos raros halló.                                16

Él presentó la propuesta
de que, en todas las letrinas,
se colocaran cortinas
para prevenir la “ingesta”                              20

de volátiles hedores.
Y es que, en la Roma imperial,
era común y normal
que matronas, senadores,                            24

jovencitos y vejetes,
cuando el cuerpo lo exigía,
hicieran en compañía
el uso de los retretes.                                    28

Sabemos, de buena tinta
que, compartir el roscón,
no causaba turbación
ni al rico, ni al cagatinta.                                32

Los roscones se horadaban
en unos bancos dispuestos
en extremos yuxtapuestos,
o en filas que se cruzaban.                            36

Y, como no había puertas,
lo de encerrarse, ni hablar:
aquello de defecar
eran “jornadas abiertas”.                                40

¡Qué curiosos los latinos!
¡Evacuaban en tertulia!
Familias como la Julia,
los Flavios, los Antoninos...,                          44

lo pasaban ricamente
“haciéndolo” en compañía.
Por todas partes había
letrinas, y tanta gente,                                    48

que, desde Roma hasta Siria
(según miramos al Este,
y por Hispania al Oeste),
y en la montañosa Iliria,                                 52

todas las vías romanas
contaban con excusados
para que los “apurados”
(cuando les entraran ganas)                         56

cagaran, sin miedo escénico.
En las más selectas “lonjas”
se compartían esponjas
(no había papel higiénico).                            60

Había una canaleta
por la que el agua corría
y evacuaba en una vía:    
Vía de la Cagaleta.                                         64

No es broma. La Vía Apia,
la Vía más legendaria,
fue llamada Mingitaria
por la gente de prosapia.                              68

Cada tres fictus (mojones),
algo más de seis kilómetros,
(es decir, sesenta hectómetros)
se advertía con letrones                                72

la presencia de portales,
cabañas o cobertizos,
barracuelas y chamizos
para usos “defecales”.                                   76

Quien decidía evacuar
en un retrete viario,
siempre hallaba voluntario
con el que poder hablar.                               80

Y no importaba de qué:
de gladiadores, del tiempo,
o de cualquier contratiempo,
a buen seguro no sé.                                     84

Aunque sí sé que, al final,
terminada la “faena”
(al no existir la “cadena”
como en época actual),                                 88

la deyección se marchaba
por un común canalón
que, bajo el “banco–roscón”,
lleno de agua cursaba.                                  92

Después de la evacuación,
tocaba limpiarse el ano
con algo que estaba a mano:
la esponja del canalón.                                 96

Y esa esponja, denigrada,
objeto de nuestras risas,
utilizada sin prisas,
de un culo a otro pasaba.                            100

Y, así, sucesivamente,
con notable parsimonia,
cumplía “la ceremonia”
el vecino o adyacente.                                 104

Por un edicto imperial,
quien sufriera de almorranas
usaría palanganas:
¡La sepsis era mortal!                                   108

En la Antigua Roma, vemos
que no existió “el reservado”,
en el sentido privado
con el que hoy lo entendemos.                    112

Y llego al final, lectores,
aunque no al fin de la historia,
pues, conservo en la memoria
referencias posteriores.                               116

Y, si no me criticáis
por esta primera parte,
con lo mejor de mi arte
procuraré que sepáis                                    120

cómo trató la Edad Media
la cuestión de los detritos.  
(como haya quejas, o gritos
venderé la enciclopedia)                              124